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A las 10 de la noche del 31
habían llegado a casa todos los 32 participantes de la tradicional víspera y
saludo al nuevo año. Parientes de sangre, parientes políticos y amigos. Entre
estos se encontraba Ana Rosa (Anica), alta, bonita de cara, cabello largo rubio
claro ceniza, anverso con tetas deliciosas y vientre plano, reverso soberbio,
redondo, agresivo y un par de piernas largas esculturales. Proveniente de El Dorado – Misiones, había
sido invitada por Martina, mi esposa, a pasar unos días con nosotros.
Eran amigas desde la infancia, ambas dejaron, al casarse, la ciudad
natal de Coronda en Santa Fe: una para el Gran Buenos Aires (Martina) la otra para
la provincia del norte.
Recientemente (aproximadamente 6 meses) separada y divorciándose, desde
su llegada el domingo 27, compartió el
cuarto de nuestra hijita Silvina de 6 añitos.
No habiendo a quien esperar comenzó la cena. Fueron 2 horas muy animadas
con excelente comida bien regada con vino. Al aproximarse las 12 comenzó, y
siguió bien entrado el año nuevo, el
descorche de champaña, seca, dulce y demi-sec, sidra con alcohol y sin alcohol
para los más chicos. Después de brindar un primo mío propuso bailar y rompió el fuego con mi
esposa. Se interpretó como consigna y todas, o casi todas, las mujeres salieron
a bailar con varios de los presentes, excepto con los maridos, concubinos o novios.
Hubo algarabía y roce, bastante mal disimulado. A eso de las 2:30 Hs sólo
quedamos Martina, Anica, Silvina dormida desde antes de dar la 1 y yo.
Los últimos en retirarse colaboraron en acarrear platos, copas y
cubiertos hasta la cocina, las sillas y mesas a su lugar habitual. Martina se
hizo cargo del lavado, Anica y yo de secar y guardar platos, cubiertos y
cristalería, que se utilizan sólo para ocasiones como la de esa noche cuando
los comensales son numerosos, en un mueble ubicado en una dependencia al fondo del jardín
(quincho cerrado con vidrios corredizos y techo de tejas). Juntos hicimos
“viajes” reiterados al quincho; a partir del primero vimos sobre el techo
nuestra gata blanca Fofi en compañía de un fornido macho, dorado y blanco. Con
toda intención (ella al bailar conmigo no se esmeró en encubrir que estaba “alterada”, por el alcohol y el roce con bultos
masculinos varios) comenté:
-Bueno, bueno mirá que hermoso minino; parece que Fofi va a festejar a
lo grande el nuevo año – En realidad eso era imposible ya que la gatita no
estaba en celo. Pero, yo estaba persuadido, que si lo estaba mi compañera de
acarreo. No estaba equivocado.
Hicimos 3 veces más el recorrido cocina-quincho y viceversa. En el
tercero Anica se detuvo momentáneamente a mirar el trío felino:
-Que lindos que son. Que bueno estar como ellos, solitos,
juntitos.....eso si, debajo del techo, no arriba. - La alusión no podía pasar
desapercibida. Una vez ubicados los utencillos que llevamos, la tomé de un
brazo:
-¿Comiste las 12 uvas? ¿Tenes puesta la bombachita del color aconsejado
por la tradición? –
Asintió con un leve movimiento de cabeza.
-Entonces no hay nada que impida que se te cumpla el deseo- Mientras decía esto, anulé la poca distancia que nos separaba, le tomé
la cara con ambas manos y uní mis labios a los suyos venciendo su débil resistencia.
Dudó unos instantes pero se abandonó al beso profundo y apasionado.
Tuvo un efímero ataque de escrúpulos (que no era una de esas, su amistad
con mi mujer,….) al cabo del cual quedó
convenido que una vez que se durmiera Martina iría a esperarla para hacerle,
los dos, compañía a Fofi. La señal sería una de las luces del quincho, visible
desde su ventana, encendida. Terminado el ordenamiento de la casa, previa
ducha, nos acostamos. Al meterme en la cama, sin rodeos, Martina me dio un beso
apasionado y metió su mano izquierda en mi entrepiernas. A ella también le
había subido la “bilirubina” durante las casi dos horas de cuasi-descontrol que
siguieron al brindis.
-¡Uhhiii! ¿Nena no estas cansada con tanto trajin? – simulé protestar
-Siiii, pero quiero comenzar el año bien cogida. –
Me encanta mi esposa, la quiero y cogerla sigue siendo tan placentero
como en los primeros años de casados. No me hice repetir el convite y el polvo
fue de diez, apoteótico. Al cabo del mismo parecía que no me quedaba resto, no
para esa noche, sino para el resto del mes.
Martina, recobrada la calma se higienizó y, a poco de apoyar la cabeza en
la almohada se durmió. Me incorporé para meterme otra vez debajo de la ducha.
Me sentí reanimado, al menos lo suficiente para ir hasta quincho y darle mis
disculpas a Anica. Se me ocurrió alegar un bajón de presión arterial. Me puse
un short sobre el calzoncillo, una remera y salí al jardín, sigilosamente.
Encendí la luz convenida. Ella no tardó en venir y ¡como vino!!!! Camisa,
desabotonada a medias para que se entrevieran sus tetas deliciosas, corta que dejaba a la vista la mitad de un
short de pijama ajustado, sandalias de tacos altos. “Braulio” se transformó de
viborita ciega colapsada por la acción reciente, en ave fenix y se irguió presto a una nueva batalla cuerpo
a cuerpo, la segunda del nuevo año.
Anica, protestó un poco por mi demora pero enseguida se abandonó al
primer beso con efusividad. Mi lengua se disparó en procura de la suya: se
encontraron y jugaron largamente. Antes que concluyera el jueguito ya tenía mi
mano en el entrepiernas, una vez dejada atrás su teta izquierda. No forcejeó ni
defendió su pantaloncito ni su bombacha. Ya desprovista de prendas, la levanté
y senté en la mesa de algarrobo del
quincho y no tardé en entrarle en la concha Sólo musitó algunos no sin
convicción y, una vez empomada, no paró
de gemir, suspirar, clavarme las uñas en la espalda, meterme su lengua en la
boca y otras exteriorizaciones de lo bien que la estaba pasando. Ni que hablar
de lo genial que lo estaba pasando yo, bombeando con todo entusiasmo e impensada
energía sacada de los restos de testosterona dejados por Martina en mis glándulas
genitales.
Una vez distendidos, después del epílogo, ya estaba clareando, Nos
separamos para volver a nuestras camas. A duras penas y, al parecer no tan
silenciosas como me proponía, llegué a la mía.
Martina, sin abrir los ojos con un hilo de voz quiso saber:
-¿Estas bien, Carlos? – creo que volvió a dormirse sin esperar la
respuesta.
“me siento como limón exprimido, pero no quieras saber como disfruté con
Uds, dos” le respondí, para mis adentros.
- Si, dormite – la tranquilicé
Antes de entregarme al sueño pensé en
pellizcarme para comprobar que no las había soñado: antes que saliera el sol
por primera vez en 2010, dos cogidas de antología. “Varón dijo la partera”
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