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Era
una noche de sábado lluviosa. La típica tormenta de verano. No sé qué
pintaba yo en ese escaparate al que llaman Chueca dónde te observan,
analizan, se ríen en tu cara o te tiran los trastos con total impunidad.
Un lugar por el que pagas por entrar, en el cual no te permiten fumar y
en el que decenas de tíos de toda condición intentan bailar entre
codazos y empujones el “Waka waka”. Cosa obligada, por cierto, pues te
ponen la canción una y otra vez hasta el hastío. Debe ser una de las
pocas cosas que les gusta a los gays y que esté relacionada con el
fútbol. “¡Qué daño ha hecho que España acabe de ganar el mundial!”,
pensaba yo irritado y casi magullado de tanto golpe.
Claro que eso no era lo peor, “ah, pero
puede haber algo peor”. Por supuesto: lo peor es el cuerpo con el que te
levantas por la mierda de garrafón que te sirven en cualquier garito.
Ocho euros por una copa que te sienta peor que media docena de gays
bailando “Loca” sobre tus costillas. Por lo tanto, la cabeza dolerá de
cualquier forma, y las arcadas aparecerán sí o sí, ya sea por el nocivo
alcohol o por la revolución que sufre el estómago ante ciertas criaturas
con camisetas sin mangas, piercings hasta en las uñas y gafas de sol
que tapan la mitad de ellos además de sus ojos de lentillas de colores.
Pero como dice mi amigo Murphy: “si algo
va mal, seguro que puede ir a peor”. No había locales en Madrid que
tuvimos que coincidir en el mismo. “Mierda, Dani”, maldecía mientras le
pegaba el trago más largo al impotable ron con cola para que mediara
entre mi ex y yo o me llevara directamente a la taza del váter, evitando
cualquier tipo de acercamiento indeseado. Pero ni lo uno ni lo otro.
Abriéndose entre tanto músculo apareció ante mí, me plantó dos besos y
comenzó a contarme lo bien que le iba en la vida y lo mucho que deseaba
que me fuera bien a mí. “Patán”.
Lista de cosas que detesto (sin un orden concreto):
Que llueva y se me mojen las gafas.
Chueca.
Que me echen más edad de la que tengo.
El garrafón.
Mi ex: Dani.
La música de Shakira en Chueca.
Los Skoda.
Que los taxistas me den conversación.
Que me prohíban fumar.
Pagar por entrar a un local atestado.
Que me interrumpan cuando hablo.
Ir al gimnasio.
Ver a Dani terminó por cortarme el
rollo, - si es que alguna vez esa noche llegué a pillarlo- así que
decidí marcharme. Y decidí también no llorar, porque lo cierto es que
cada vez que veía a Dani (siempre de manera fortuita pues yo no le
llamaba y mucho menos quedaba con él) me ponía a llorar sin saber muy
bien el porqué. Pero vamos, que si aquella horrible noche lo hubiera
hecho habría pasado completamente desapercibido ya que las lágrimas se
hubieran ocultado entre las gotas de la incesante lluvia que me mojaba
las gafas dejándome aún más miope. “Ni un puñetero taxi” maldecía yo
mientras echaba a andar.
Por fin encontré uno y ¡suerte! un Skoda
Octavia. Desde luego la probabilidad de que fuera tal era bastante
elevada pues hay miles circulando por Madrid y la mayoría con taxistas
decepcionantes y decepcionados con la vida y con el trabajo, que llevan a
cabo de manera tan mecánica que casi siempre se saltan semáforos,
stops, se olvidan de intermitentes y casi de que haya un pasajero
detrás. Pero no, tampoco tuve suerte y me tocó el taxista conversador.
“Este acaba de empezar turno” pensé yo.
-¿Y qué tal la noche?, empezó.
-Pues bien gracias, normalita, intentaba zanjar yo.
-Vaya, si es que estos sitios se llenan de gente…
-Eso es, interrumpí en tono cortante para que se diera por aludido.
-…y además te dan esa mierda de bebida, continuaba él, con la que te espera una resaca…
No, aquí no viene mi respuesta pues opté por permanecer callado. Tampoco sirvió.
-…y esas locazas y travestis de tres metros…que a mí me dan igual, pero ni me van ni me hacen gracia.
“No, si encima será gay y querrá ligar”
-…y no es que yo haya salido mucho por Chueca, ¿sabes? Yo soy de Vallecas y si no curro, pues me quedo por allí. ¿Lo conoces?
“Silencio por Dios”.
-¿No lo conoces?, insistió.
-Poco, acabé contestando. No suelo…
-Pues es un barrio chulo, ¡me
interrumpió! Tiene mala fama, es verdad, pero la gente es buena y en los
garitos no te clavan por darte veneno.
“Una estaca te clavaba yo” “Putos semáforos” Todos en rojo.
-Claro que comparado con el barrio
adónde vas tú (“y seguía”) se diría que es peor, pero allí nos conocemos
todos. Seguro que tú a tus vecinos ni les conoces.
Espacio para mi respuesta, pero yo
seguía con la cabeza en Dani y con las dichosas gafas que se habían
quedado borrosas tras secarlas con la camiseta.
-Vaya, no eres muy conversador. No
estarás malo, ¿no? ¿No me potarás en el coche? Es que hoy me lo han
limpiado a fondo, ¿sabes? Y me han soplado 10 pavos…
-No, no se preocupe, le tranquilicé.
-¿Me tuteas? Pero si debemos tener la misma edad.
“Pues qué mal te conservas, hijo” pensaba yo.
-¿No? ¿Cuántos tienes? Yo tengo 33 pa 34.
“Hombre, no van a ser 33 para 35” seguía yo pensando. –Sí, por ahí ando, le mentí.
-Ya lo sabía yo.
“Sí, sí, se calla” celebraba yo.
-Pues eso, como te iba diciendo (“vaya suerte la mía”) que a mí Chueca no me gusta mucho. Hay sitios de ambiente mucho mejores.
-Supongo.
-Claro hombre. Si algún día quieres, te
puedo llevar a alguno. Llevar y tomarme una copa contigo, me refiero.
Que con eso de que soy taxista no sólo quería decir llevarte en el
coche.
-Ya, ya...
-Si quieres vamos ahora. Hay uno que no nos pilla lejos. ¿Te apetece?
-No gracias, lo cierto es que me apetece meterme en la cama.
“¿Y tanta explicación?” Quizá se me ablandaba el corazón y el taxista que no paraba de hablar acababa por doblegarme.
-Bueno, pues nada, otra vez será.
“Mierda” Sentí lástima por el taxista.
El pobre pagando todas mis neuras y malos rollos y no se lo merecía.
Sólo hacía su trabajo e intentaba ser amable.
-Otro día si le…te apetece vamos. Hoy de verdad no estoy para más fiestas.
-Ok, dijo él.
Y ahora sí que se hizo el silencio, pero
ahora yo no quería. “Pobre taxista” seguía yo pensando. “Habrá acabado
de hablar porque se ha mosqueado por mi sequedad” pero no fui capaz de
decirle nada. Sólo le miraba de reojo a través del espejo retrovisor.
“La verdad es que tampoco está tan mal, pero seguro que no es gay. Y no
le conozco de nada, así que cómo me voy a ir yo con él así sin más” Vaya
historia me estaba formando en mi cabeza.
-Bueno, ya llegamos. Dime dónde te dejo.
-Aquí mismo está bien, gracias.
-Pues son…diecinueve con treinta.
-Aquí tienes. Quédate con el cambio. Gracias por la charla. Y por la invitación, pero de verdad que no he tenido un buen día.
-Una pena. Espero que se te pase pronto
lo que tengas. Y si es por el garrafón, ya sabes que yo te llevaría a
sitios en los que disfrutarás bebiendo.
-Qué encanto. “Ostras, esto lo he dicho en voz alta”.
-¿Qué encanto? Ja, ja, ja. Y se echó a reír.
“Qué pena doy y qué patético soy”
-Bueno, pues nada. ¿Me das tu número? Le pedí.
-Sí, apunta. 639….Sólo trabajo por las noches.
-Vale. Mmmm…Adiós.
Y el taxista cotorra se marchó en su
Skoda y me dejó pensando bajo la lluvia qué significaba eso de “sólo
trabajo por las noches”. Se pensaría que sólo quería su número para
cuando necesitara un taxi o me dio a entender que sólo le llamara cuando
necesitara un taxi (por las noches).
Vaya rallada. Pero ideal para olvidarme
de Dani tras nuestro encuentro y dedicar mi rato antes de caer rendido
en la cama a pensar en el taxista.
Lista de cosas que me gustan (sin un orden concreto):
Que me llame mi mejor amigo Carlos para irnos de cañas.
El café con un cigarro.
Que pongan una canción que me gusta por la radio.
Una buena conversación interesante, pero con humor.
Que mi despertador suene cuando ya me he despertado.
Algunas casualidades de la vida.
“Vaya mierda de domingo me espera”
cavilaba yo aún en la cama deslumbrado por los rayos de sol que se
colaban entre las cortinas mal (o bien, según se mire) colocadas. “Debe
haber arco iris y todo tras la que cayó anoche”. Y como debe ser, el
otro primer pensamiento del día fue el taxista y no mi ex. Aunque
tampoco sé muy bien por qué debía de pensar en el taxista pues tampoco
fue tan raro encontrarse a un teki que tuviera ganas de cháchara. Claro
que su monólogo fue algo raro y eso de que quisiera ir a tomar una copa
me desconcertó. Pero a lo mejor el hombre sólo tenía ganas de divertirse
un rato antes de acabar el turno.
Y sonó el despertador. “¿Y por qué coño
pongo yo un despertador el domingo?”. Terminé de estirarme y
desperezarme y me levanté. Desde el baño marché directo a prepararme un
café con leche que me supo a gloria después de toda la mierda que ingerí
la noche anterior. El primer cigarro me provocó algo de tos. “Debí
fumar mucho anoche. Ah pues no, si con la puta ley antitabaco ya no
dejan fumar en ningún sitio. ¿Me habré resfriado?”. Y me disolví un
Frenadol por si las moscas. Puse un CD y me salí a la terraza a sentarme
un rato. No había dormido mucho en realidad, así que decidí tomarme
otro café. Ahora el cigarro me sentó mucho mejor. Y la melodía de mi
teléfono móvil interrumpió ese momento de paz.
“¿Será el taxista? ¿Seré gilipollas?”. Si no le había dado mi número. “¿Y por qué vuelvo a pensar en el taxista?”
-Hola Gema, ¿qué tal? Y no, no era el
taxista sino me amiga Gema queriéndome invitar a comer. - ¿En La Gavia?
¿Y eso dónde está? Ah coño, Vallecas. Ok, te recojo en una hora.
Qué casualidad que me llama una amiga
para ir a comer a Vallecas. “Lo mismo me encontraba al taxista y todo.
Ayer fue un día de mierda, pero hoy de momento va todo guay”.
Me arreglé, cogí el coche y me planté en
casa de Gema diez minutos tarde para variar. Como de costumbre, me
costaba decidir qué ponerme. Quería ir arreglado por si me encontraba
con mi nuevo quebradero de cabeza sin nombre. Pobre iluso. ¿Cuánta gente
vivirá en Vallecas? Cientos de miles seguro. Y por mucho que la mayoría
sean domingueros que pasan el fin de semana metidos en centros
comerciales, mi taxi driver no iba a estar allí.
Y efectivamente, no me le encontré.
Acabamos de comer, nos dimos un paseo por las tiendas y llevé a Gema a
su casa. Tras bajar a darle dos besos de despedida y montarme de nuevo
en el coche, éste no quiso arrancar. “Joder, ¿y ahora qué? Quiero llegar
a casa, verme una peli porno y hacerme una paja pensando en el
taxista”. Sí que me había dado fuerte. El día se había vuelto a torcer.
Mi amigo Murphy también dice “lo que bien empieza, mal acaba”. Llamé al
seguro y me mandaron una grúa para mi coche y un taxi para mí. “Bueno,
lo mismo viene un Skoda…”Pero no, un flamante y reluciente Mercedes paró
delante de mí y preguntó por mi nombre. Me monté detrás esperando a que
el chófer me pregunte qué le había pasado al coche. Pero no, permanecía
callado escuchando los 40 Principales, sólo interrumpido de vez en
cuando por el Radio Taxi.
Y entonces sonó mi canción del año
“Rolling in the deeeeeeeep” tarareaba yo desde mi asiento de cuero. La
verdad es que le podía haber llamado (a mi desconocido conductor, quiero
decir). Tenía la excusa perfecta: “oye, que mi coche se ha roto, y
estaba aquí en tu barrio y de mucho mejor humor y pensé en que me
llevaras tú…”Pero no lo hice. Además él trabajaba sólo por las noches.
“Pero podría hacer una excepción conmigo”
Llegué a casa y el plan X que tenía ya
no me resultaba apetecible. Cogí el teléfono, abrí la agenda y comencé a
buscar plan para lo que quedaba de tarde. Pero sonó el teléfono fijo.
Era mi amigo Carlos para ir a tomarnos unas cañas. “Planazo” Y además
tendría que pillar otro taxi. “Seat, Seat, Seat, Peugeot, Seat…¡Un
Skoda!”
-Al centro, por favor. No era él.
Estuvimos en un par de sitios tomando cañas y Carlos propuso ir a un bar de ambiente a tomarnos una copa.
-¿Y qué pintas tú en un bar de ambiente?, le pregunté sorprendido.
-Yo nada, pero a ver si tú ligas y se te quita esa cara que llevas.
Me eché a reír. –A Chueca no, por Dios, le imploré.
-No, no. Vamos a uno que hay en mi barrio que dicen que está bien. ¿Metro o taxi?
-¡Taxi, taxi!
Y nos recogió otro Skoda conducido por
una tía a la que mi amigo le daba conversación mientras yo miraba y
meditaba a través de la ventana intentando que mi vista alcanzara todos
los Skodas que se cruzaban por nuestro camino. “Pero si tienes su
teléfono pedazo de mamón”.
Un par de copas de ron de verdad y Carlos propuso irse. –Mañana madrugo tronco, y Lucía está sola.
-OK, dale un beso de mi parte, me despedí.
El barrio de Carlos estaba a dos paradas
de metro de mi casa, así que decidí cogerlo. El reloj del andén marcaba
las 23.57. Poco después llegó el tren. Al colocarme delante de la
puerta vi a través de ella a mi taxista, que ya me miraba fijamente
dedicándome una sonrisa.
-Ja, ja, ja, soltó nada más apearse del vagón. ¿Ya has renegado del servicio de taxis?, me dijo cachondeándose.
-Ya ves que sí. Otros dos tíos se pararon junto a él. Bueno, que lo pierdo, concluí.
-¿Te vienes a tomar una copa con nosotros?, me invitó.
-No gracias, que madrugo mañana. Le
rechacé mientras me subía al tren. Y en ese justo momento, mientras mi
corazón se encogía y mis ojos parecían entristecerse y mis mejillas
seguro aparentaban ser dos manzanas rojas se cerraron las puertas.
Permanecí de pie intentando mirar hacia otro lado. El tren no arrancaba y
las puertas se abrieron de nuevo. “Algo pasa”. Como en un acto reflejo y
como si tuviera prisa por llegar tarde miré el reloj con cierto
nerviosismo: 23:59. El taxista retrocedió unos pasos.
-Ya ves que el taxi es más fiable, me dijo mientras se volvía a echar a reír.
-Bueno, depende del conductor.
-Es verdad, pero seguro que ya estarías en tu casa.
-Seguro.
Y me bajé del vagón.
-¿Qué haces?, me preguntó.
-Voy a coger un taxi. ¿No dices que son más fiables?
Y en ese mismo instante él se subió al tren y yo me quedé flipado.
-Si no lo conduzco yo no lo son, añadió.
Volvió a sonar el silbido indicativo
del cerrado de puertas y me apresuré a acceder de nuevo. Las puertas se
cerraron y el tren ya sí que se puso en marcha.
-Estás chalao, le recriminé. ¿Y tus amigos?
-¿Qué amigos? A esos tíos les acabo de conocer aquí mismo.
Mi reloj anunció las 12:00 a través de un pitido. Aun así, lo miré para confirmarlo.
-¿Tienes prisa?
-No, ¿y tú?
-Tu parada es la siguiente, ¿no?
-No, la de después.
-Ahá. Pues tengo más tiempo para
convencerte para tomar una copa. Está difícil porque ayer en casi veinte
minutos no lo conseguí.
-Ayer fue un día raro.
-¿Y hoy es mejor?
-Hoy ya no sé, pero hasta hace un minuto ha sido estupendo.
-Oye chaval, tampoco hace falta que seas
desagradable. Ya lo fuiste bastante ayer. Y no sé por qué me he montado
en este tren a darte coba.
En ese mismo instante me di cuenta de
que había metido la pata. Lo de “hasta hace un minuto ha sido estupendo”
sonaba mal, muy mal. Sonaba como si hubiera querido decirle que hasta
que me le he encontrado mi día había ido bien. Intenté disculparme, pero
el taxista se marchó de mi lado. Le grité pero no me hizo caso
dejándomelo claro con un gesto. En la siguiente parada se bajó. Y sin
pensarlo yo también lo hice. Caminé tras él mientras intentaba que se
parara con voces. Corrí y me planté delante de él.
-A ver tío, que lo decía porque ya son las doce y es un nuevo día. Mi día estupendo incluye el haberme encontrado contigo.
Se quedó un instante sin decir nada y sonrió.
-Ok, te creo. Pero el día aún no ha
acabado. Siguió caminando hacia la salida y le acompañé. ¿Y por qué ha
sido estupendo?, inquirió.
Y le conté lo del coche, lo de las
cañas, que había estado en su barrio, que había pensado en él, que no
veía más que Skodas por todos lados…
-Eso no es verdad, me interrumpió
señalando a un taxi de otra marca aparcado en la puerta de la boca de
metro. Y se echó a reír otra vez.
-¿Te ríes de todo, no?, le pregunté mosqueado. O estás chalao perdido o eres la persona más feliz que conozco.
-Un poco de todo. Bueno, ¿adónde me llevas?
-No sé. Allí hay un garito que quizá esté abierto.
-Me parece bien.
Y en ese pub estuvimos hasta las tres de la mañana sin parar de beber ni hablar.
Cosas que adoro (sin un orden concreto):
El sexo.
El amor.
A Alex.
Invité a Alex a mi casa para tomar la última. Él aceptó.
-Vaya casoplón, exclamó mientras accedíamos al portal. Eres un pijo.
Entramos en casa entre más risas, puse
las copas y nos echamos en el sofá a seguir hablando. Mi taxista lo
hacía por los codos, y aunque en ningún momento anhelaba el silencio que
buscaba la noche anterior, sí que es cierto que estaba deseando que se
callara para acercarse a mis labios y besarme, y que después siguiera
callado porque me la estaba chupando, o porque gemía mientras se la
chupaba yo a él. Pero no, Álex hablaba y hablaba. Yo le escuchaba y le
miraba. Tenía el pelo moreno y ondulado con un aspecto un tanto
desgarbado. Ojos oscuros, una boca enorme (ideal para sus largos
monólogos) y un cuerpo que bajo su ropa ya desaliñada parecía bien
proporcionado.
-Me meo, se interrumpió.
-La segunda a la derecha.
-Oye, ¿me puedo quedar a dormir?, me preguntó cuando salía del baño.
-Claro hombre. Cómo te vas a ir a estas horas.
-¡Qué encanto!, exclamó burlón en referencia a mi desafortunado pensamiento que se convirtió en sonido la noche anterior.
-Cabrón, le repliqué.
“Pero cabrón, cabrón” pensé yo. ¿Por qué
me preguntaba que si se podía quedar a dormir? “A que al final no es
gay y es verdad que sólo quería divertirse”. Me tenía completamente
desconcertado. Reflexión que confirmó tras preguntarme cuál era su cama.
“Pues no va a ser un día tan estupendo”.
Le señalé su habitación y nos despedimos
dándonos las buenas noches. Yo me acosté en mi cama enorme solo con mi
desconcierto intentando comprender qué significaba todo aquello. A pesar
de que se me hicieron las tantas, volví a abrir los ojos con los rayos
del sol antes de que mi despertador sonara.
-Buenos días, escuché al llegar a la
cocina hipnotizado por el olor a café. Al entrar, Alex me recibió con un
beso en los labios. –Qué bien he dormido, gracias. Poco, pero bien.
Mi estado de alucinación por la situación me dejó sin palabras. “¿Un beso? ¿Ha dormido bien? ¿Solo? ¿Sin mi? ¿Sin sexo?”
-¿Con leche?
-Ehhh, sí, gracias, logré contestar aturdido.
Y siguió hablando durante un rato, pero reconozco que no sé lo que dijo, pues yo continuaba preso de la turbación.
-¿Me has besado en la boca?, le pregunté dubitativo intentando escapar de la confusión.
-¿Pero tú no eras gay?
-Tío, esta situación es surrealista totalmente.
-O sea que no me estabas escuchando.
-Pues no. Me tienes completamente descolocado.
-¿Porque no follamos anoche?
-Sí.
-¿Te quedaste con las ganas?
-Claro.
-¿Y sólo querías eso?
-Claro que no. Lo esperaba y lo deseaba,
la verdad. Pero no sólo voy buscando sexo por la vida. Me caes bien, me
gustas. Sólo era eso.
Me quitó la taza de la mano para
apoyarla en la barra de la cocina y volvió a besarme en la boca. Esta
vez fue un beso más largo. Se lo agradecí y se lo devolví, permitiendo a
mi lengua escaparse hasta rozar con la suya. Me empalmé en seguida.
Alex lo notó cuando se recolocó sobre mí para seguir con nuestro beso. Y
llevó su mano hacia mi paquete, que acarició por encima del pantalón
del pijama volviéndome loco de nuevo, pero esta vez de placer. Se lo
demostraba con los gemidos que podían escapar por entre nuestras bocas.
Le busqué su paquete bajo su vaquero. También se había empalmado.
Intenté desabrochárselo, pero se me adelantó y me bajó el pijama con
cuidado y con el impedimento de mi polla súper tiesa queriendo ser
liberada. Alex comenzó a rozar mi glande con su lengua.
-Mmmm, qué buena, masculló tras haberse encontrado con algo de semen que mi impaciente polla ya había soltado.
Mi respuesta fue la misma: un largo
gemido de placer que provocaba su lengua a lo largo de mi cipote y que
sustituyó su boca entera cuando decidió tragársela casi de golpe. Su
enorme boca la acogía de miedo, su lengua y sus dientes trasmitían a
cada milímetro de mi verga tal placer que hacía desestabilizarme del
taburete de la cocina mientras Alex se arrodillaba en el suelo para
seguir con la postura mientras terminaba por deshacerme de los
pantalones. De vez en cuando dirigía sus ojos -que parecían preguntar
“¿te gusta?” - hacia arriba para encontrase con los míos que afirmaban
sin vacilar.
-No sigas o me corro, le advertí.
Pero mi taxista hizo caso omiso y casi
que siguió con más ganas engullendo mi calentísima polla que a punto
estaba de descargar toda su leche sobre su cara. Alex dejó su saliva en
ella, sacó la boca y comenzó a pajearme mientras se incorporaba para
llevar ahora sus labios de nuevo hasta los míos. Y mientras la pasión se
sintetizaba en nuestro largo beso, la lujuria se condensaba en mi verga
que soltaba trallazos de leche, mientras el resto de mi cuerpo se
rendía a ambas entre convulsiones y espasmos acompasado por los sollozos
que se escabullían de mi garganta para esfumarse en la suya.
-¡Joder tío!, lo que me acabas de hacer, logré decirle.
-¿Te ha gustado?
-¿Lo dudas?
Y volvió a darme un beso. Esta vez más corto. Y recuperó mi taza de café para darle un sorbo.
-¿Puedo darme una ducha?
-Sólo si me dejas acompañarte.
Sonrió y ambos nos dirigimos hacia el
baño. Se quitó la camiseta, el vaquero y los calzoncillos y por fin pude
ver su apetecible polla. No era de un tamaño extraordinario, pero como
digo, resultaba muy apetecible en su estado de flacidez entre el oscuro
vello y unos huevos que le colgaban implorando ser comidos. Me acerqué y
volví a besarle. También fue un beso corto, porque allí mismo, de pie
en el lavabo y sin esperar a colarnos en la bañera, me arrodillé para
acariciar su falo con mi lengua. Tardaba en reaccionar, pero me gustaba
sentirla aún algo flácida y no dudé en tragármela entera. Alex gimió y
me agarró la cabeza porque no tenía otro sitio para apoyarse mientras su
cuerpo se debilitaba por el gozo que mis tragaderas le estaban
proporcionando. Pero no todo era débil, pues su polla ya reaccionaba y
la notaba dura y tiesa en lo más profundo de mi garganta. Su sabor me
dejó más idiotizado que el aroma del café que me sedujo hasta la cocina
minutos antes. La acidez de mi bebida favorita contrastaba con el
amargo, pero delicioso, sabor de su polla, mezcla de sudor y las meadas
de la noche anterior.
-¡Buah tío, cómo la chupas!
Comentario que aproveché para
incorporarme y compartir los sabores de mi saliva con la suya. Nos
metimos en la bañera y mientras se llenaba volví a arrodillarme para
continuar con mi mamada que Alex recibió de buena gana pues un largo
gemido confirmaba su estado desinhibido. Aunque mi lengua y mi boca
disfrutaban tanto o más que él, me levanté, cerré el grifo, cogí el bote
de gel y le pedí que me follara. Alex me dio la vuelta, levantó mi
pierna para dejarla apoyada sobre el borde de la bañera y acercó un dedo
a mi ano. Se encogió al primer contacto, pero después de que su dedo
volviera ensalivado, mi culo comenzaba a responder. Entretanto, Alex me
besaba y lamía la espalda. Yo le agarré la otra mano y lleve sus dedos a
mi boca para chuparlos. Después necesitó las dos manos para separar mis
nalgas y que su lengua tuviera un buen acceso a mi ano. Y vaya si lo
tuvo. Otro grito se escapó de mis cuerdas vocales y los suspiros
acompasaron a su lengua durante aquél maravilloso momento de
indescriptible placer.
Y aunque aquello estaba genial, por fin
era su verga la que rozaba mi agujero. Recoloqué mi pierna, me arqueé un
poco más y su glande fue penetrándome poco a poco estremeciéndonos a
ambos.
-Ahí va, anunció Alex.
-Síiiiii, celebré yo.
Y así, durante varios minutos noté sus
embestidas, noté la parte más caliente de su cuerpo en sitios
inverosímiles del mío. A cada sacudida un nuevo gruñido. Con cada golpe
de sus huevos contra mis nalgas otro nuevo sollozo.
-Me voy a correeeeerrrr.
-No pares, mascullé.
Pero segundos después noté su leche
caliente, espesa, en forma de chorros sobre mi espalda. Alex gritaba, se
retorcía, se contraía. Y yo apenas tenía aliento después de tanto
gemido.
Nos deslizamos hasta sentarnos en el
agua. Nos besamos y nos reímos. “Vaya polvo”. Casi sin habla ni fuerzas
permanecimos inmóviles hasta que el agua nos resultaba fría y la
posición demasiado incómoda. Tras una ducha de verdad con jabón y
esponjas en vez de pollas tiesas y gemidos, nos dirigimos a la
habitación a seguir descansando. Pero duró poco el descanso, pues la
situación de los dos desnudos sobre la cama con cara de gilipollas era
tan ideal para la lascivia que pasamos el resto del día follando,
mamando, gritando, sollozando y sobre todo besándonos hasta quedar
exhaustos y nuestros labios completamente deshidratados.
-Ups, las doce menos diez. Me marcho que me cierran el metro.
-¿Cómo que te vas?
-Curro esta noche y tengo que ir a Vallecas a por el taxi.
Y Alex se dio una ducha rápida, se
vistió y se despidió dándome un precioso beso mientras el reloj de la
entrada pitaba la medianoche.
Cosas que me dan igual (sin un orden concreto):
El día del Orgullo Gay.
Que detengan al presidente de la SGAE.
El “huracán de amor” a Hugo Chávez.
La Operación Salida de Julio.
Que Rubalcaba abandone.
El 15M.
Que ya no se conduzca a 110 km/h.
-Joder, en pleno mes de julio y está lloviendo. Espera que me ponga las lentillas.
-Vamos a llegar tarde, que la mitad de las calles estarán cortadas por el desfile.
-Llama a un taxi entonces. El número está al lado del teléfono de la cocina.
-Vengaaaaa. Lucía se va a mosquear.
-Ay Carlos, ya estoy. Vamos.
-Noooo, un Skoda no.
-Qué más da. A Chueca por favor.
-Qué horror la canción esa de Shakira. Mmmm, ¿cómo es? ¿Rabiosa? ¿Odiosa?
-Pues la ponen hasta en la sopa, aclara
el taxista. Vamos que cambie a la emisora que cambie, siempre está la
Shakira esta. Y hoy, con esto del Orgullo y tal aún más…
“Vaya suerte, un taxista que habla”
-Oye, has dejado el gimnasio, ¿no?
-Sí, ya sabes que lo odio.
-Normal que te dijera el de anoche que aparentabas más edad, jajaja. ¿Cuánto llevas sin follar? ¿Un año?
-Cabrón. ¡Lucía! Déjame un Kleenex porfa para las gafas.
-Buah, está petado. ¡Y 20€ cuesta hoy!
-Bueno, yo me voy.
-¿Ya? Pero si no son ni las doce.
-Lo sé, pero me agobio. Y me ha sentado mal la copa. Y me ha sentado mal ver a Dani.
“Bueno, al menos ha parado de llover. A ver si encuentro yo ahora un taxi. Un Skoda”
-¿Y qué tal la noche?
-Puede poner la radio por favor.
-Sí, que son las doce en punto y darán las noticias.
-Me refería a música, pero bueno, da igual.
-Pues vaya tormenta ha caído, ¿eh?
Recuerdo que hace justo un año cayó una parecida. Bueno, yo la verdad es
que estaba durmiendo, pero mi hijo Alex, que se encargaba del taxi por
la noche, me dijo que lo había lavado esa mañana y que se puso a llover a
cántaros por la noche. Aunque le vino bien que lloviera, porque recogió
a más clientes, así que llego muy tarde a casa y le dije que se tomara
el domingo de descanso y que yo me quedaría por Vallecas. Ay pobre,
salió de casa para divertirse un domingo a medianoche y veinticuatro
horas más tarde me lo atropelló un taxista borracho. Él siempre decía
que los taxistas no eran de fiar. Pues por aquí fue, ¿sabe usted? Aquí
cerca de donde vamos. Bueno, perdone que le aburra. Son diecisiete
euros, por favor. Vaya, vuelve a llover.
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